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Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.
Por David E. Santos Gómez - davidsantos82@hotmail.com
La relación de Washington y Bruselas pasa por uno de sus momentos más críticos. La tirantez de su diplomacia aumenta por una disputa de visiones políticas de la que hay pocos antecedentes en la historia reciente de occidente. Lo que empezó como una incomodidad por la patanería de Donald Trump respecto a la guerra de Rusia y Ucrania y el retiro de buena parte del apoyo a Kiev, y aumentó con el ida y vuelta de los aranceles anunciados en el ridículo Liberation Day de hace un año, llegó a cotas impensadas por la guerra de E.U. e Israel contra Irán.
El mal cálculo de la Casa Blanca en el conflicto, al que sin duda fue arrastrado por Netanyahu, llevó al Republicano a exigir alianzas y compromisos que los europeos se rehúsan a cumplir. De los rebeldes españoles, pasando por dubitativos británicos a los críticos alemanes, los antiguos amigos se niegan a entrar en un conflicto que no es el suyo y del que ni siquiera fueron informados. Cuando las papas queman, Trump quiere tener más manos que le ayuden a sostenerlas, pero esos colaboradores que ahora necesita llevan meses recibiendo azotes con impuestos e insultos. Washington no puede dar garrote a sus socios y luego esperar que, cuando los necesite, los apaleados lo acompañen sonrientes en sus andanzas irresponsables. No puede humillar a Sánchez o a Macron o a Starmer y después pedir sumisión.
El Pentágono requiere las bases europeas para continuar su guerra. Le costará conseguirlas a punta de amenazas y de disminuir la confianza en la OTAN, uno de los principales receptores de críticas de Washington. La Organización, que Trump define como un “Tigre de papel”, perfila una nueva etapa en la que debe sortear la bipolaridad del estadounidense. Sabe que es fundamental el apoyo económico y militar de Washington para su supervivencia, pero en el último año los discursos de sus integrantes han demostrado una estrategia diferente en la que Europa espera requilibrar las cargas y recuperar el control de la alianza.
Lo absurdo de la actualidad geopolítica es que mientras los aliados reciben insultos de Donald Trump y su gabinete y tratan, en medio de falsas muecas, sopesar el chaparrón, Rusia y Vladimir Putin calculan ganancias. El país que sufre con mayor contundencia este reacomodo es Ucrania (casi seguro perdedor de su integridad territorial). Desdeñado por Washington desde que el millonario regresó al poder, ahora es golpeado por una aparente irrelevancia tras el conflicto en Teherán.
Aunque para el mundo entero es evidente la interdependencia entre Estados Unidos y Europa, la situación actual de Kiev nos enseña el desbalance entre aliados. El frente de batalla en la guerra del Donbás es una fotografía de un presente opaco y, al mismo tiempo, una advertencia. Ya lo dijo Mark Carney, el primer ministro canadiense: el orden basado en reglas se está desvaneciendo. La obediencia ya no compra seguridad.
Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.